EVOCACIONES PILEÑAS
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Manolo, tu escrito me ha embargado de morriñas pileñas. Nos ocurre siempre,
tanto a los antiguos alumnos como a los profesores y formadores que tuvimos alguna
responsabilidad en aquel lugar de privilegio. Son recuerdos de una serie de vivencias
que surgían a todos los niveles: en la formación intelectual, en la educación física
y deportiva, en las celebraciones litúrgicas, en la amistad, en las fiestas... Había
también un trasfondo de felicidad que añoramos, aunque lo mejor será mirar al futuro
con optimismo. Cuando nos reunimos, surgen de inmediato como rescoldos, que están
ahí y ante cualquier vientecillo se reaniman. Son retazos de nuestra vida que el tiempo
las convierte en anécdotas Recuerdo, a este respecto, tres anécdotas que son inéditos,
pero de los que yo fui testigo. Estoy seguro que habrán salido en alguna de nuestras
convivencias anuales.
La primera fue con el cardenal. A Bueno Monreal le gustaba venir a Pilas con frecuencia.
Raro era el mes que no se daba una vuelta por allí. A veces se quedaba una noche en las
habitaciones que tenía preparadas para él. Visitaba todas las dependencias: huerta,
vaquería, cochinera, granja... Se daba una vuelta por el entorno y hablaba con los
alumnos y superiores. En una de aquellas visitas, viendo la vaquería, don Manuel Lora
le mostró un toro padre, bien dotado, que tenía como cometido cubrir a las vacas y
asegurar la continuidad de la especie. El cardenal con toda naturalidad le preguntó:
¿Y cómo se porta? Don Manuel le contestó con la misma naturalidad: Como un hombre.
Las carcajadas del cardenal y de los acompañantes se oyeron hasta en el estudio.
La segunda anécdota fue con los alumnos. La huerta del Seminario lindaba con la viña
y huerta de un pileño que tenía árboles frutales. Una vez llegó a nuestros oídos que
algún alumno había saltado la linde y había cogido frutas de la huerta. A don José Marín,
a don Servando y a mí se nos ocurrió gastar una broma. Hablamos con la guardia civil y
le pedimos tres uniformes con sus respectivos tricornios. Una noche, al terminar la
cena, el formador que estaba de comedor anunció una visita. Era la guardia civil,
que venía a dar un aviso referente a las frutas de la huerta del pileño. Íbamos
perfectamente disfrazados y ningún alumno sospechó la trama. Se hizo un silencio
pavoroso, algunos temblaban y nuestros bigotes parecían auténticos. Entonces les
dije con toda seriedad que haríamos una investigación para descubrir a los ladronzuelos.
De pronto oí un griterío tremendo. Habían reconocido mi voz y pasaron del miedo a la
hilaridad, revolcándose de risa en el suelo. El silencio mayor después de la cena
se convirtió en una auténtica juerga.
La tercera me ocurrió a mí mismo. El equipo de formadores, profesores y superiores
del Seminario teníamos un día a la semana para descansar, visitar a la familia o
dar un paseo a Sevilla. En Pilas estábamos siempre de servicio permanente. Yo vacaba
los viernes. Generalmente salía en una bicicleta de carrera y me daba un buen paseo,
visitaba a algún compañero y me volvía por la tarde. Un día de otoño llegué hasta
Huelva. Al volver, se había hecho de noche y paré en un bar de Almonte para tomar
un refresco. Hablé con un camionero que repartía refrescos por los bares. Me preguntó
adónde iba. Le dije que a Pilas y me invitó a que me fuera con él. Echamos la bicicleta
en el camión y me bajé en la entrada del pueblo. Le dije que yo trabajaba en el
Seminario y que se pasara un día para tomar una cerveza. Efectivamente, el domingo
se presentó en el Seminario. Rafael Almellones, el portero, le preguntó que a
quién buscaba. Contestó que a Juan Leiva, un hombre que trabajaba allí. Rafael
le dijo: Ese hombre es el rector. El hombre se quedó un poco turbado. Rafael
me llamó, saludé al camionero y me fui con él a tomar una cerveza al Pinichi.
Echamos un buen rato. Cuando nos despedimos, me dijo: Otra vez se deja usted
de bromas. ¿Por qué me dice eso? le contesté-. Porque me dijo que trabajaba
en el Seminario. Pero esa es la verdad. Yo trabajo en el Seminario .
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