No hace mucho leía un libro que narraba vivencias e historias de un pueblo. Llamó mi atención que el narrador tenía, como teníamos todos de niños un amigo imaginario, el narrador le contaba a ese amigo imaginario todo lo que acontecía a su alrededor, y aunque nunca recibía una respuesta él siempre le hablaba en voz alta, como para que le oyera, le describía el vuelo del vencejo que sobre sus cabezas pasaba en vuelo rasante y seguro en busca de un mosquito de la charca al que llevarse a su pico, como si fuera el "speaker" de una radio cualquiera narraba el salto perfecto que la ranita de San Antonio acababa de hacer desde aquella piedra hasta el centro de la charca elevándose por encima de los juncos. Pero aquél niño narrador era especial, porque su amigo imaginario no era un chiquillo con churretes y con un tirachinas asomando por el bolsillo de atrás del pantalón, su amigo imaginario tenía cuatro patas y un largo rabo, pero ni siquiera era un perro o un gato, no, era un becerrito que él solo veía y que le seguía a cualquier parte y a todas horas. El becerrito fue bautizado como Peneque y aunque era invisible recibía el cariño y los mimos necesarios como para que nunca se alejara y fuera siempre su fiel amigo de juegos y de andanzas. Después de muchos años aquél niño ya convertido en hombre sigue dándole un lugar preferencial y manteniéndolo en sus recuerdos, y aunque ya no juega con él, ni tan si quiera le habla, lo tiene representando uno de los valores principales del hombre, la amistad. Y por si fuera poco lo ha convertido en emblema de billete y de moneda de cambio, representando la verdad, la lealtad, la sinceridad, moneda de curso legal de un banco que no tiene beneficios como objetivo, sino que sin ser a fondo perdido ni de devuelta con intereses, cumple la finalidad del libre comercio, y lo más importante es, que es igual el partido o la máxima autoridad que gobierne porque no habrá cambios de imagen en la impresiones de billetes o acuñaciones de las monedas.
Es bueno tener un amigo imaginario con el que compartir todos los momentos del día, mejor es tener un amigo allí de carne y hueso, aunque sea lejos, pero que te oye y escucha y que pone a tu disposición, como si hiciera un quite, y por si te hiciera falta los billetes y las monedas de la amistad que nunca caducan, que valen mucho más que cualquier billete del banco de España aunque llevaran tres ceros, y que de corazón, sintiéndote "arropado" le das miles de gracias y un abrazo, y no un corte de manga con un me cago en tu .... ....., como al Botín del Santander o al Paco Gonzalez del Banesto. El dinero no hace la felicidad, pero ayuda en la medida de su valor, y si no, que se lo pregunten al que no lo tiene. La amistad no tiene precio, no se compra ni se vende, pero el que la posee tiene una de las mayores riquezas que a su vez ha de compartir. |
