MANUEL CRUZ VELEZ( 2010 ) |
Como he comentado en alguno de
mis escritos el tiempo pasa inexorablemente, el pasado, presente y futuro está
a pesar del largo tiempo transcurrido y por transcurrir, unido, parece fue
ayer, pero hemos pasado rápidamente a un mundo de tecnologías que han eliminado
imágenes en nuestras vidas que por suerte seguimos teniendo en la memoria, y de
eso se trata este escrito, de recordar aquellas figuras hoy obsoletas..
Ya no tropiezas en una calle
empedrada cual calzada romana que un empedrador se esmeraba en nivelar, ni calles llenas de
chinos no con tiendas de todo a cien como ahora, sino calles llenas de chinos pelúos que fueron poco a poco sustituidas por esos adoquineros que
rellenaban de tierra, que con una cuerda marcaban la línea y que colocaban poco
a poco esos pesados adoquines dejando un dedo de espacio para rellenar más
tarde con cemento y que reinauguraban como un avance
y minimizaban el traqueteo de las carretas, haciendo un poco más felices a los carreteros, a los ciclistas de ruedas
macizas y los dueños de los primeros seiscientos.
Los arrieros enfilaban a primera hora sus burros al servicio del calero hasta la playa a por
arena en viaje de vuelta a la calería por la calle
Santa Lucía. Cerones a rebosar, borricos adornados
por el diseño de los guarnicioneros
y con las espuertas de esparto a lomos para aprovechar el viaje de cada borrico
que fueron habilidosamente creadas por los esparteros.
Empezaba el día y los barrenderos comenzaban su faena
cargando las espuertas de goma con aquellas dos medias paletas metalicas y aquél escobón de palo largo y grueso con el
ramillete de esparto que planeaba constantemente sobre las aceras arrastrando
las colillas de los celtas y los peninsulares. Por delante el varillero que
había acudido a la llamada de los vecinos porque las pozas estaban atascadas y
había que retirar la arena.
La mañana era en el pueblo medidor
de vida, de actividad comercial, el sillero
con su manojo grande de enea arreglando las sillas
que los taberneros tenían desfondadas
y obligaban a sus clientes a tener que sentarse sobre el palo haciendo
equilibrios mientras se echaban al gaznate de un tirón el vaso de vino blanco.
El zapatero remendón dejaba su canto
para ver pasar a las muchachas zurcidoras
que con esas habilidosas manos arreglaban las carreras de aquellas medias que
vendía bajo precio el estraperlista
como de calidad y traídas del extranjero y que mostraba a sus clientas con el
mayor de los misterios.
Pepín el barbero colocaba sus paños blancos sobre las estanterías de cristales
a la espera del primer cliente, Pepe el tendero de ultramarinos Genáro apuntaba ya en el papel de
estraza las primeras cuentas y las pinchaba en aquél alambre en el que
contabilizaba los mandáos fiáos.
El carbonero de la calle Nevería con
la boina calada hasta las cejas y la cara ennegrecida preparaba el picón para
las anafes, el ditero con su gordo cuaderno en
el sobaco y sobre el brazo prendas de vestir empezaba su recorrido diario para
apuntar con un lápiz grueso que mojaba con saliva los a cuentas de sus clientes
antes que llegaran los cobradores de
los bancos y de las tiendas. El dulcero
sacaba a pasear aquellas sultanas de coco y guevo.
El lechero, el mielero y el recovero se hacían los amos de
las casapuertas. El matarife se encaminaba al matadero con su atillo
de cuchillos afilados, el picapedrero y
el cantero se enfilaban hacía la
sierra de San Cristobal, El Puerto era un clamor de
prosperidad. Los tejadores
no paraban de faena que tenían, e iban
de la mano de los desollinadores
con aquellas escobas larguísimas de caña llevándose
todo el negro hollín de aquellas chimeneas cocinas. Y al quite de ellos el encalaó con su cubo de cal viva y sus escobillas para
acicalar las casas y dejarlas listas para el verano.
El herrero de las siete esquinas adornaba sus cierros
y balcones compitiendo en el martilleo con los toneleros, y los arrumbadores
movían las botas y toneles por la calle Valdés de una bodega a otra. El hielero en su
carricoche le hacía competencia desleal al heladero,
que pedaleaba incansable, vendiendo junto con el hielo aquellas botellas de
gaseosa La Revoltosa fresquita que competían con La Casera para apoderarse del
mercado.
Las calles principales eran un
hervidero de gente moviendo el comercio. Con su bata gris o marrón claro en
algunos casos con una larga hilera de botones el recadero iba de un lugar a otro llevando y trayendo paquetes y
recados, el cuchillero pregonaba sus navajas de Albacete, el paraguero
ofrecía sus varillas y sus arreglos, el alfarero
paseaba a lomo de su mulo sus cántaras y vasijas de barro. La entrada al
mercado de abastos era una exposición mostrada sobre atillos a partir del carillo de chucherías
de Severo,
el buhonero esparcía sus peines,
botones y baratijas, más allá el alpargatero
mostraba orgulloso los últimos diseños, el marroquinero mostraba sus
artículos de piel o imitación generalmente, carteras, bolsas de todos los
colores, billeteras, tejedores que
vendían sus sábanas de lino y gruesos jerséis de
lana con muchos coloridos.
La gente prosperaba,
arrinconaban los pantalones con parches
en el culo, había futuro y llegaba la primera tele al bar La Liga, se creaban empleos para
toda la vida, el cobrador del tranvía
iba como un almirante engalanado, el prestamista
se apoyaba en su bastón y asomaba el pico de un pañuelo blanco en el bolsillo
superior izquierdo de su chaqueta y aguardaba impasible a la espera de
recuperar su dinero, el alguacil del
ayuntamiento llevaba presto para ejecutar en su carpetilla los mandatos del alcalde andando más que un peón caminero y más moreno y cutis agrietado que los salineros.
Los niños cantábamos el cara al sol al entrar
cada mañana al colegio, nos endiñaban nuestra dosis
de leche en polvo y de aquél queso amarillento que se pegaba al cielo de la
boca y nos íbamos cantando Paloma si vas al monte..... Jugábamos en las calles
Palacios y San Bartolomé al atardecer mientras las golondrinas y vencejos
revoloteaban y de forma acompasada se oía el cacharrareo
del latero, del hojalatero que te hacía un cazito con una
lata de leche condensada, a Dª Virginia, profesora de piano vecina de mi abuela y de Manolo Martínez Alfonso,
y de los Govantes, siempre de negro y de roete con su do re mí, al piano, el campanero
se volvía loco tirando de una y otra soga para hacer sonar las campanas para el
rosario. Apenas éramos interrumpidos en nuestros saltos de las papas cocías, en
nuestra pelota al ruedo, la lleva, lleva.....cuando pasaba el colchonero que ofrecía sus servicios de
vareo de la lana o la borra de los menos
pudientes despelmazándola con gran habilidad para poder ser usado el colchón como el
primer día, el afilador que hacía
sonar su chiflo con su música tan característica, que cuando era requerido le
ponía aquella correa ancha de cuero a la rueda de madera que elevaba sobre un
caballete y que con un motor hacía girar para afilar los cuchillos y las
tijeras produciendo aquellas chispas que salían despedidas con fuerza y nos hacían soñar en dragones, Antonio el barquillero con
su canasto de mimbre repleto de barquillos y con su reolina
para probar suerte. El arropiero
que iba camino del parque Calderón para apostarse en la entrada con sus arropías de color rosa y pegajosas.
Un parque que se llenaba de gentío paseando a las fresquitas oliendo a papas fritas y buñuelos, a pescaíto frito y viendo de reojillo esas gambas y langostinos de Romerijo que eran entonces para unos
pocos, las tajaitas en la puerta del bar La Marea, los ostiones, los americanos en el Santa María,
caballitos de sube y baja, niños llorando y
riendo en el carro de las patás , el cerillero que se acerca para ofrecer
esa cajillas de cerillas finas que dejaron olvidados
a los encendedores de mechas largas amarillas veteadas de negro, el limpiabotas con su caja y su silloncito de madera con un acolchado filiteado
y que se anuncia con su limpiaaaa", y atento a todo el fotógrafo
con aquella caja roja llena de fotos en sus laterales puesta sobre un alto trípode y dejando
caer por un lado aquella larga manga negra.
Casa Flores, Los Portales, Las Rejas, Ceballos. "Er Betis" no eran lo que es y siguen en el presente. Y como
si formara parte del parque, un Tonino esperando le llamaran maricón para asomar por la manga su
muñon, a mí me conocía decía tú eres el hijo de Milagros, el Chumi con dos barcas por zapatos,
el Guarigua al que le cantabamos "Guarigua Dios lo perdone se lo ha llevado volando los cigarrones, el
Baba con sus pellizcos, La Guachi con su canasta de mariscos y
cantando, cuando estaba agustito "Terry, Terry, Terry, el de la maya dorada", el Papi patatas fritas de noche pescado de día
iglesia y procesiones a la sombra de D. Manuel Salido, el
Tagarnina y su radio de deportes solo del Racing, de aquél de la fábrica de Vipa en la que veíamos
a un Manolo de Central, a Fenoy de lateral o a un Ricardo pañuelo en la frente..... goleando al Jeré,
Luichi con sus devaneos, bailoteo de muñeca y respuesta para todo, un Ratón de gorra y bastón ataviado de pañuelo al cuello,
y es que el Parque Calderón era la artería nocturna de El Puerto, y ni siquiera a esa hora "Juanito el tonto" dejaba de
llenar cubos de agua en la fuente de Las Galeras.... "Juanillo el tonto, puso un puchero, saltó un garbanzo y le dió en los.....y salíamos escopeteados antes de que nos cayera un cubo.
Ya se acercaba la
noche lo indicaba el mamporrero de los caballos cartujanos de Terry que charlaba
animadamente con el herrador a la
salida del trabajo. El acomodador
del Teatro Principal de Nuchera llevaba la linterna
en la mano porque ya empezaba la función. En El Puerto ciudad próspera ya no
teníamos serenos y perdimos el canto
de las horas en punto y sin novedad, tampoco fareros, dejamos de tener esos barqueros que nos cruzaban el río Guadalete desde la playa de la Puntilla a la de Valdelagrana y viceversa en la desembocadura del río y
cerca de la torta en la que jugábamos al fútbol cuando bajaba la marea,
mientras la virgen del Carmen atenta era saludada por los barcos en sus idas y
venida a la mar. Un río que desde el vapor nos dejaba ver en su ribera al cordelero trenzando cuerdas de cáñamo y
esparto girando la manivela hasta montar una única y gruesa maroma.
Un poco más allá los rederos
con su agujas de madera arreglan las artes, reparan las redes de pesca a la
vuelta de los barcos de faenar, ajustan las relingas
de flotadores y plomos. Montones de trasmallos y
algunas nasas, pollos de pelea en sus jaulas de madera, gallinas inglesas picoteando
restos de pescado seco.
Las gaviotas acompañan
con su vuelo majestuoso al vapor desde la barra hasta puerto, cierras
los ojos para soñar despierto recibiendo en tu cara los rayos del sol
humedecidos con la brisa marina y me transporto a aquellos días en que viví en
Campo Lugar un pueblito de Cáceres en dónde conocí al
pregonero que haciendo sonar su
trompetilla turú,
turú, de parte, del señor alcalde, se hace
saber......y nos hacía saber todo lo que acontecía a la vez que como hombre
anuncio nos indicaba las mejores ofertas de sandías y melones y a quién la
chiquillería, al menos mis hermanos y yo no habituados, les seguíamos como su
cuadrilla particular. Allí había bastante menos ajetreo que en El Puerto,
gallinas y cerdos por las calles paseando libremente, mulos y cerones, el trillero, el talabartero,
dedicado a sus menesteres, el aguador
con su cisterna tirada por un borrico y que proveía llenando las cántaras de
los vecinos, amaneceres para otras profesiones distintas, segadores, resineros,
hacheros, recolectores, porqueros, mesegueros, capadores,
molinero, albarquero, curtidores, bataneros y
aquellas señoras lavanderas que con
un rosquete sobre su cabeza soportaba cestas de ropas camino del
río.......... la sirena del Adriano II
llamó de nuevo mi atención, ya estaba atracando y preparando un nuevo viaje a
Cádiz.
Espero que con esta narrativa haya traído recuerdos, que no
es sino una forma de homenajear, y aunque uno no sea un juglar ni un contador de
historias, ni un bufón más bien un cagajonero de la vida, sea yo mi propio verdugo
y que como un pregustador
pruebe yo mismo a modo de veneno mis propios devaneos con el recuerdo.
© "Los niños de Juan Manuel" - Junio 2009"
